Cuando alguien pasa cerca de una construcción, lo mínimo que espera es no llevarse un susto. Por eso, las construcciones siguen ciertas reglas de protección, tanto para ellos como para los ciudadanos que pasen cerca. Si no tomasen estas pautas de actiación, podría pasar una desgracia, y ni la propia empresa ni nosotros, por supuesto, queremos eso.
Es ahí donde entran en juego las vallas.
Separar, proteger y evitar problemas
Las vallas metálicas separan lo que pasa dentro de la obra del resto del mundo, y eso evita un montón de situaciones incómodas y peligrosas.
Imagínate que alguien va con prisa, no se fija y acaba metiéndose por donde no debe. O que un niño corre detrás de una pelota y entra sin querer en una zona donde hay herramientas tiradas, que es lo más común, por desgracia, que suele pasar. Si no hubiera vallas o algún tipo de delimitación, cualquier descuido podría acabar en un susto bastante grande.
En muchas obras también se usan para marcar por dónde pueden entrar los trabajadores y dónde no puede pasar nadie más, porque es la forma más clara de mantener cierto orden. No necesitas carteles ni explicaciones: ves la valla y ya entiendes el mensaje.
No solo sirven para evitar que la gente entre
También ayudan a contener ciertos materiales cuando se trabaja con tierra, escombros o cosas que pueden moverse. Obviamente no están pensadas para frenar una avalancha de piedras enormes, pero sí para delimitar mejor los espacios donde se acumula material temporalmente.
Un ejemplo muy claro: en una reforma pequeña de calle, cuando levantan una acera para cambiar unas tuberías, sin vallas sería un desastre. La gente caminaría demasiado cerca de las zanjas, alguien podría tropezar y, encima, los trabajadores tendrían que parar cada dos minutos para avisar a alguien que se está acercando demasiado. Con las vallas, todo eso desaparece.
La seguridad tanto dentro como fuera
Dentro de una obra se generan muchas situaciones que pueden afectar a los de fuera: herramientas que se mueven, cargas que se desplazan, materiales que se acumulan en zonas abiertas, etc. Las vallas actúan como una barrera física que marca una distancia prudente.
Si estoy caminando por la calle, yo no tengo forma de saber si a dos metros de mí alguien está cortando una pieza de metal o descargando ladrillos de un camión, yo solo veo el exterior. Por eso, cuando veo vallas, siento cierta tranquilidad porque sé que no van a aparecer cosas inesperadas de un segundo para otro. Y, viendo los videos de “luckiest people” que rondan en YouTube… la verdad es que me deja más tranquila.
También sirven para que los trabajadores puedan moverse sin estar tan pendientes de los peatones. Porque si cada vez que vas a mover una carretilla tienes que vigilar si alguien va a pasar por detrás, no trabajas tranquilo ni avanzas nunca.
Además, hay zonas de obra que no son peligrosas por lo que hay, sino por lo que falta. Por ejemplo, cuando se abre una zanja o se deja un agujero para instalaciones. Las vallas evitan que alguien se acerque demasiado sin darse cuenta. No hace falta que sea una caída demasiado grande, incluso un tropiezo puede causar una lesión absurda que perfectamente se podría evitar.
Un ejemplo claro: en una obra de fachada, cuando se suben materiales por el exterior o se trabaja en altura, el riesgo de que algo caiga existe, por mínimo que sea. Las vallas no frenan una piedra que cae desde arriba, claro, pero sí mantienen la distancia de seguridad para que nadie camine justo debajo del punto peligroso.
Tipos de vallas metálicas y cuándo se usan
Una de las más comunes es la valla Hércules. Es esa cuadrada, firme, que se sujeta con postes y que parece bastante estable. Se usa mucho cuando la obra es larga en el tiempo o se quiere dar más sensación de orden. También es una opción cuando la zona tiene mucho movimiento de gente y no quieres una valla que parezca que se va a caer con un golpe.
Luego están las vallas móviles, que se pueden mover de un lado a otro sin mucho esfuerzo. Son perfectas cuando la obra va cambiando de sitio o cuando necesitas adaptarte rápido. Por ejemplo, si reparan un tramo pequeño de una calle, a veces lo hacen por partes, y estas vallas se mueven según avanza el trabajo.
También existen vallas de malla más fina, que sirven para zonas donde hay riesgo de que se caigan objetos pequeños. Aunque mucha gente ni se fija, algunos modelos ayudan a mantener mejor el cerramiento y evitar que materiales ligeros salgan de la obra.
El tipo de valla depende también de cuánto tiempo estará la obra activa
Si es algo rápido, no tiene sentido complicarse con sistemas demasiado elaborados, pero si es una reforma grande que durará meses, se eligen vallas más resistentes.
Ejemplo muy típico: si hacen una rotonda nueva en tu barrio, seguramente verás vallas móviles el primer día, pero cuando empiezan las excavaciones serias ya aparecen las vallas más fuertes. Lo he visto muchas veces y tiene toda la lógica del mundo.
Cómo elegir la que mejor te conviene
Lo primero que hay que mirar es la estabilidad. No quiero una valla que se caiga con el primer viento o si alguien tropieza con ella.
También pensaría en lo fácil que es montarla y moverla, porque cuando algo es un infierno de montar, nadie quiere usarlo.
Otra cosa importante es si necesito que la gente vea lo que pasa dentro. Algunas vallas tienen placas que cubren parte del interior, lo que da más privacidad. De hecho, son las más comunes en la construcción, si te fijas bien.
Otras son completamente abiertas y dejan ver el movimiento.
También está el tema del presupuesto. No siempre hace falta elegir la opción más cara, pero tampoco conviene irse a lo más barato si no va a durar ni una semana. Creo que eso de “la marcha del chico es más mala”, no lo discute nadie.
Spadico (que vende suministros industriales de varios sectores como cerrajería, mallas metálicas, acero inoxidable o complementos como tensores o bridas, pero no voy a hacer publicidad, tranquila), siempre aconseja a sus clientes que, “antes de elegir vallas metálicas, hay que asegurarse de comprobar que las uniones y accesorios encajan con facilidad. Las prisas en una obra no son excusa para montajes inseguros”.
Qué pasa cuando no se usan bien
Una vez vi una obra donde habían puesto vallas, pero estaban tan separadas que cualquier persona podía entrar sin querer. Es decir, estaban puestas, pero mal, y eso no sirve de nada.
Además, en algunas obras ponen vallas, pero no las aseguran bien, y el viento se las lleva o se caen cuando alguien se apoya. Si ya de por sí una obra atrae miradas, imagínate encima si las vallas están tiradas por el suelo a medio día. Queda fatal y no hace su función.
También he visto vallas demasiado bajas, que casi parecen de adorno. Cuando una obra tiene desniveles o zonas profundas, poner una valla bajita es absurdo porque no evita nada.
Lo más gracioso (o triste, depende del día) es cuando la gente mueve las vallas por su cuenta. Esto lo he visto sobre todo cuando cortan una calle para hacer reparaciones pequeñas. Ponen las vallas para que no pasen coches, pero siempre hay alguien que decide apartarlas para pasar. Estoy segura de que eso también lo has visto tú.
Y claro, tenerla o no tenerla, en estos casos, es lo mismo.
Por lo que ves, siempre seguirán siendo necesarias para las obras de construcción
Aunque la tecnología avance, aunque haya nuevos sistemas de seguridad y aunque cada vez veamos obras más organizadas, las vallas siempre serán necesarias. No hay nada que pueda reemplazar su función de delimitar y proteger.
Son fáciles de instalar, se adaptan a casi cualquier entorno y no requieren explicaciones. Si ves una valla, sabes que no tienes que pasar. Punto. No necesitas APPs, señales ni nada raro.
Y mientras existan obras —que existirán siempre— hará falta una forma de mantener ese mínimo orden entre lo que se construye y lo que pasa fuera.
Después de todo lo que he contado, creo que la idea principal es simple
Las vallas metálicas no están para molestar ni para hacer bonito, están para que todo fluya sin sustos, tanto para quien trabaja dentro como para quien pasa fuera.
A veces damos por hecho que estos detalles no importan, pero sí importan. Cuando ves una obra bien delimitada, da tranquilidad. Cuando ves una obra sin orden, da mala espina. Y no hace falta ser profesional para sentirlo.
Elegir vallas metálicas adecuadas no debería ser un drama. Solo hace falta pensar en quién va a pasar cerca, qué tipo de obra es, cuánto durará y qué nivel de protección se necesita. Con eso, ya tienes más del 80% decidido.
Y oye, si encima escuchas consejos sensatos como el que mencioné antes, mejor aún. Que al final, la seguridad no se discute: se aplica.